lunes 10 de enero de 2011

Diario de Amira, 14 de noviembre de 2009. 12:20 horas

En dos días dejamos esta base. Parece que el capitán ha tomado la determinación de marchar a la base militar que hay en Burgos. Según dice, si salimos mañana cuando salga el sol, en unas cinco horas podríamos estar allí. Dice que ha recibido una transmisión en la radio mientras intentaba por enésima vez hacerla funcionar. El embajador está de acuerdo. El resto de soldados, después de una gran resaca, también, aunque parece que no están muy contentos con el seguir recibiendo órdenes dada la situación en la que están. Es una conclusión a la que he llegado cuando nos han reunido a todos para contarnos el paso a tomar. Uno de ellos, el español, se ha permitido interrumpir al capitán en un par de ocasiones para dar su opinión y proponer ideas aunque no vinieran a cuento.


Tenemos dos días para reunir todo el combustible, comida y ropa que podamos encontrar. Utilizaremos dos camiones, los dos con la parte trasera cerrada. Me han encomendado, junto a Silvia, de reunir toda el agua y la comida que podamos, preferiblemente la que caduque más tarde. El resto se encargará de poner a punto los camiones y de buscar ropa y demás utensilios que se necesiten.

No tengo claro el por qué de tanta preparación para un viaje de cinco horas.

miércoles 15 de diciembre de 2010

Diario de campaña del capitán Juan Molledo, 12 de noviembre de 2009. 22:30 horas

Hoy ha sido un día de locos. La situación se me ha ido de las manos, espero que pueda reconducir lo ocurrido hoy. Tanto el sargento Cabanillas como los soldados García y Gómez se han pasado el día bebiendo. Según me ha contado el embajador, llevaban desde ayer. A la orden de salir de la cantina y salir a hacer guardia me han respondido con que me sentase con ellos a beber y a “ver pasar a las chavalas”.

He de buscar algo con lo que mantener a la gente entretenida, si no, no se dónde llegará esto.

jueves 25 de noviembre de 2010

Diario de Amira, 12 de noviembre de 2009. 17:05 horas

Llevo sin salir de la habitación desde el desayuno. He cogido comida y me la he traído para no tener que salir. Los militares deben llevar en la cantina desde anoche sin parar de beber cerveza. Están realmente borrachos; y lo peor de todo, no hacen caso a las órdenes del capitán, que se desespera cada vez que pasa por allí. Están los tres totalmente descontrolados. Hace días que no veo a Abulhakim. Y las palabras del embajador pidiendo que dejen ya el alcohol son respondidas con abucheos y malas palabras. Uno de ellos, uno de los jóvenes se ha puesto bastante agresivo al oír que eran unos niños malcriados y que no merecían el ser llamados soldados del ejército español.

Silvia hace días que no llora por las noches, pero sigue sin hablar. Se aferra a su rosario y se pasa horas rezando, Eso la tranquiliza; y a mi me pone de los nervios.

sábado 20 de noviembre de 2010

Diario de campaña del capitán Juan Molledo, 7 de noviembre de 2009. 22:30 horas

La tropa anda desmoralizada. Hoy nos despertamos con los disparos del soldado José. Disparaba a los engendros que se agolpan en el muro exterior de la base. Al parecer, no ha soportado más tiempo el ruido que hacían. No lo culpo, esta situación nos sobrepasa y él es tan solo un joven. He sido duro con él, demasiado, pero no puedo permitir este tipo de acciones que nos ponen en peligro a todos. Aún así, he notado un aire de rebeldía entre la tropa sobre el que tengo que reflexionar. Si seguimos aquí encerrados puede crearse un clima de crispación que provoque en una situación que no pueda controlar.

jueves 18 de noviembre de 2010

Diario de Amira, 7 de noviembre de 2009. 11:35 horas

Nos hemos despertado hoy con el ruido de disparos. Nos hemos alarmado. Hasta Silvia ha salido de la habitación para ver qué pasaba. Nos hemos acercado a las ventanas y hemos visto los destellos del fusil de una persona que estaba subida a una de las torres. Disparaba hacia fuera de base. No se a quién. Lo único que he visto es salir al capitán hacia la torre corriendo, ha subido y se han dejado de oír los disparos. Una vez que los dos bajaron, se les unieron el resto de compañeros. El capitán le ha echado una bronca al soldado increíble. Los gritos llegaban perfectamente a nuestros oídos. Incluso con las ventanas cerradas pudimos distinguir las frases. Le ha dicho que no se puede desperdiciar la munición, que solo tiene que vigilar, no disparar; que nos había puesto en peligro a todos. Al soldado no parece haberle afectado la reprimenda. Incluso he podido notar una leve sonrisa burlona en su cara.

Al terminar, el capitán se ha encerrado en el despacho mientras otro de los militares le daba una palmada en la espalda. Después, se han ido a la cantina. He pasado por allí hace un rato cuando me dirigía hacia mi habitación para escribir lo ocurrido y los he visto bebiendo cerveza. Uno de ellos me ha dicho que bebiera con ellos, pero he hecho como si no los hubiera oído.

jueves 4 de noviembre de 2010

Diario de Amira, 2 de noviembre de 2009. 22:10 horas

Han determinado que no salgamos al exterior nada más que lo imprescindible. Me paso las horas sin hacer nada. A las nueve de la noche, nos encierran en las habitaciones. He encontrado velas y un mechero, con lo que puedo escribir por las noches; y aunque nunca me ha interesado la lectura, he cogido un libro de la biblioteca y lo llevo conmigo a todas partes. Se llama la isla del tesoro. Apenas llevo treinta páginas. Leo despacio y me distraigo con cualquier ruido, pero me mantiene entretenida.

Silvia no sale de su habitación. Al principio los militares se turnaban para llevarla comida, pero desde ayer nadie lo hace. Así que me he asignado la tarea. Llevamos días comiendo comida enlatada. Es lo único que hay, la comida fresca se ha echado a perder. Comparto mi comida con mi precioso gato, aunque a la hora de darle de comer también compartí un poco la de Silvia. No come mucho y siempre deja algo. Abdulhakim se pasa el día rezando. Ha encontrado una habitación pequeña y allí se pasa las horas. Apenas se relaciona con nadie. Nos saludamos cuando nos vemos en el comedor, pero nada mas. Sobre Luis, el embajador, apenas lo veo tampoco. Se pasa el día en un despacho con el Capitán. No tengo ni idea de lo que harán, pero supongo que intentar comunicarse con alguien de alguna manera. El resto de soldados, bueno, los otros tres que quedan se pasan el día haciendo guardias. Se suben a las torres y otean el horizonte. No cuentan nada de lo que hay al otro lado de los muros. Parece que aquí estamos a salvo. Quizás esperan que seamos rescatados por alguien.

martes 26 de octubre de 2010

Diario de Amira, 31 de octubre de 2009. 14:50 horas

Estoy en una base del ejército, ya en España. No he asumido aún mi situación actual, aunque por aquí hay gente que parece que sabe lo que hace. El viaje fue rápido, del miedo que tenía no pensé en el miedo que tengo a volar.

Nos hemos acomodado en la base, la verdad es que es un sitio grande y amurallado. Al menos la zona que he podido ver. Ahora mismo solamente estamos los que vinimos de Trípoli. Al llegar nos dijeron que nos quedásemos en el avión, aquí permanecimos casi un día entero mientras los militares exploraban la zona. No encontraron a nadie. Parecía como si, apresuradamente, hubieran salido todos a una acción militar. Las mesas estaban con papeles sin recoger, faltaban multitud de vehículos, armamento y aviones. Por supuesto, las comunicaciones, ni si quiera las militares, funcionaban. No había luz eléctrica. Al parecer, los generadores se agotaron debido a que las dependencias tenían la calefacción puesta. Y en la calle hace mucho frío.

Hay un escudo con un león y unos aviones en el centro de la plaza, cerca de la entrada al edificio principal. El texto “no se rendirme” reza debajo.

Comparto habitación con Silvia, la monja. No habla desde que salimos de Trípoli. Por las noches la oigo llorar. Oírla me hace llorar también.

Tengo a Albaricoque suelto por la habitación, pero cuando salgo fuera, lo ato a una cuerda que he encontrado. No se gusta, pero no quiero que ande por ahí solo.

viernes 22 de octubre de 2010

28 de noviembre de 2009. 18:50 horas

Hemos decidido quedarnos un par de días. Llueve desde ayer y no nos apetecía mojarnos. No creo que vayamos a llegar tarde a nuestra cita en Hormiguera. Ya da igual, lo mismo no queda nadie con vida.

Anoche dormí por primera vez desde hace dos días. La orgía de destrucción de ayer y la guardia que hicimos ayer durante todo el día por si aparecían más vecinos de pueblo, nos ha dejado exhaustos. Esta noche hemos dormido los dos, estábamos demasiado cansados para hacer guardia. Un descuido, quizás imperdonable, pero no ha ocurrido nada. Hemos pasado el día vagueando por la planta baja de la casa y el exterior cuando escampaba. Realmente, la planta baja de la casa hiede a cadáver y pobredumbre, pero si te pones cerca de una ventana, apenas notas el olor.

Nos hemos subido al muro para ver si veíamos algún vehículo que pudiéramos utilizar. No hemos visto nada. Lo más probable, es que mañana salgamos de nuevo a la aventura. Si seguimos hacia el sur, en algún momento llegaremos a la autopista que lleva a Madrid, siguiendo ese camino llegaremos a nuestro destino.

Me queda poca batería. Parece que el ordenador no calcula todo lo bien que me gustaría la capacidad de la batería. Se acaba de encender la lucecita que indica que está a punto de agotarse.

No hemos visto movimiento alguno en lo que llevamos de día. Me parece que hoy, tampoco haremos ningún tipo de guardia. Ya mañana, si deja de llover, dejaremos este pueblo. Al final no lo hemos visto. No se si es un pueblo bonito o no. Sus gentes arden bastante bien. Es lo único que puedo decir a su favor. Si, ya se, suena irónico y macabro, pero, ¿quién me dice a mi que las normas de protocolo siguen siendo las mismas? ¿Quién me dice que lo que hace un mes se consideraba bueno o malo lo sigue siendo ahora?

Vivo en un mundo extraño, acabo de descubrir una nueva habilidad de mi querido compañero de viaje. Ha estado media hora lanzando un cuchillo que no se de dónde ha sacado contra la puerta de la cocina. Y puedo decir que ha clavado el maldito cuchillo en casi todas las ocasiones. Creo que ahora está haciéndose una especie de vaina para llevarlo. Solo falta que salga con la cara pintada de verde y negro en plan comando.

Cualquier cosa.

martes 27 de julio de 2010

26 de noviembre de 2009. 14:30 horas (parte 2)

Nosotros somos los que traen el infierno. Aún se me pone esa cara de loco cuando recuerdo lo sucedido hace tan solo un par de horas. Aún están los cadáveres humeando, y aún sonrío por lo sucedido; y no soy el único.

¿Acaso nos hemos convertido en ese tipo de personas que mataran sin contemplaciones a alguien en caso de encontrársela? Ya veremos. Ahora mismo me da igual ocho que ochenta. Acabo de recordar a Pachuco gritándole a una señora casi a la cara antes de acercarla un palo ardiendo. A ella la dio igual, siguió extendiendo los brazos hasta que se quemó completamente. Uno de sus brazos cayó en el jardín, el resto del cuerpo al otro lado; otro zombi ocupó su lugar.

En un ratín creamos una sucursal de infierno en el que nosotros éramos los gerentes. No se a qué hora exactamente, pero ya era de día cuando encendí el primer cóctel molotov. El primero y el último. Recuerdo haber visto algún video de algún tonto que se prendió fuego a sí mismo intentando lanzar uno de estos cócteles. Yo preferí utilizar un recogedor para lanzarlo, evitando el contacto directo entre eso y yo. Hice bien, porque un chorrito de llama quedó esparcido por el suelo del jardín antes de chocar contra la carretera. Seguramente me hubiera quemado de haberlo lanzado.

Nada mas impactar la botella contra el suelo, llamas procedentes del epicentro del impacto se expandieron por toda la superficie impregnada. Los zombis que estaban empapados se convirtieron en segundos en antorchas humanas. Un olor a algo que jamás había “disfrutado” inundó el lugar. Instintivamente entramos en la casa a causa del mal olor, pero pasados unos segundos, tuvimos que volver a salir, hacer de tripas corazón, y asegurarnos del éxito de la misión.

No parecía afectarles, en un primer momento, el que se estuvieran quemando. Vi cómo los ojos se les deshacían, cómo las orejas desaparecían a causa de las llamas. Brazos desprenderse del cuerpo al carbonizarse los tendones que los sujetaban. Cuando caían al suelo, aún insistían en su empeño por alcanzarnos arrastrándose entre sus compañeros y alzando los brazos. Eso es lo que más gracia me hizo mientras chorros de adrenalina recorrían cuerpo y mi corazón bombeaba sangre a una velocidad jamás alcanzada en toda su existencia. Hubo un momento en el que cogí un palo que había tirado en el suelo y pinchando en la cabeza de uno de los zombis la aplasté contra el suelo. Aún seguía con vida cuando al retirar el palo, su cabeza se separó de su cuerpo. Una cabeza sin ojos, ni orejas, con los restos de lo que en su día fue una nariz y un trozo de columna vertebral a modo de corbata, no dejaba de abrir y cerrar una boca. Una boca apenas sin dientes. Pensé en cuánto tiempo podría sobrevivir en ese estado y la posé a un lado del muro. Aún sigue allí. Abriendo y cerrando la boca con un palo de metro y medio atravesando su sien y echando humo. No se si resulta cómico o sádico.

Y aquí estamos. Con nuestra bebida. Disfrutando de un frío día de invierno en las montañas cántabras. Con la carretera llena de seres carbonizados y una extraña capa gelatinosa en el suelo, mezcla del producto químico y restos humanos. Un olor mezcla a fábrica química y podredumbre invade el ambiente. Pero a nosotros nos da igual. Estamos relajados. Nada nos va a fastidiar ya el día de hoy.

Mañana…ya veremos a ver qué pasará mañana.

martes 13 de julio de 2010

26 de noviembre de 2009. 14:30 horas (parte 1)

En mi vida pensé que fuera a ser capaz de hacer algo semejante a lo que acabamos de hacer. Bueno, ni yo, ni me querido compañero de viaje, claro.

Somos una raza que se adapta a las nuevas situaciones con bastante facilidad. Nadie daría un duro por mi supervivencia, y sin embargo, aquí estoy, sentado en el jardín de una bonita casa tomando un refresco con Pachuco. Mientras, al otro lado de la pequeña muralla que separa la casa de la carretera, hay alrededor de cincuenta cadáveres carbonizados. Hace un mes pensaría que este olor es nauseabundo, pero nos hemos insensibilizado. Además, hace tanto que no nos damos una ducha que podría encontrar a Pachuco guiándome tan solo por mi sentido del olfato.

Hace bastante frío. Se nota la llegada del invierno. Éste va a ser el invierno más duro de toda mi existencia. No hay calefacción. No hay abrigo nuevo. No hay botas de montaña nuevas. No puedes permitirte dos pares de calcetines y tienes puestos los mismos calzoncillos que el mes pasado. Luego, si me acuerdo, debería mirar a ver si hay algunos de mi talla, pero no soy optimista.

Estamos en silencio, solo perturba este silencio la subida y bajada de las teclas de mi ordenador. Me queda la mitad de la batería, así que, calculo que me queden unas tres o cuatro horas; después, tendré que usar papel y bolígrafo. Hace tanto que no utilizo mis manos para escribir una frase, que me va costar. Suena a chiste, pero hace tiempo, en el trabajo, me dio por hacer una división “a mano”, y no la resolví con la rapidez que preveía. No me culpo, es lo que tiene haber estado años utilizando una máquina que hacía ese trabajo por mí.

A decir verdad, me siento relajado, tranquilo. No me había parado, hasta este momento, a contemplar el paisaje que nos rodea. Supongo que los árboles agradecerán nuestra extinción. O mejor dicho, nuestro nuevo estado. Los zombis no tienen capacidad de conducir coches ni de talar árboles. Tampoco se les ve preocupados por la caída del IBEX ni por una nueva reforma laboral. Podría decirse que son felices. Solo su incapacidad de alcanzarnos parece perturbarlos.

Hoy hemos descubierto, y a la vez demostrado, que los zombis no sienten dolor. Es algo que les da igual. Su instinto de alimentarse es más fuerte que su instinto de supervivencia. La verdad, no se por qué comen, si realmente, no lo necesitan. Antes de aplastar la cabeza de uno de ellos contra el suelo, me fijé en otro que tenía la barriga reventada, supongo que de comer. Parecía que un alien hubiera salido de allí. Tenía parte del intestino colgando del agujero que tenía en el abdomen.

Sobre las siete de la mañana decidimos empezar nuestra guerra particular contra esta nueva raza de seres humanos. Podría decirse que estábamos completamente drogados a causa de tanto “revitalizante”. Primero con cuidado, y después con algo más que un poco de osadía, empezaos a extender el dichoso líquido por la carretera. Con ayuda de un vaso y una jarra rociamos a los zombis. Una vez que todos quedaron empapados, el suelo de la carretera cubierto y de asegurarnos de no haber quedado impregnados nosotros de tan interesante fluido, nos acercamos a la mesa donde teníamos los cócteles molotov.

Mientras nos acercábamos, pensamos en qué pasaría si los que teníamos en frente no fueran todos los que habitaban el pueblo. No nos interesan las sorpresas a esta altura de la partida. Sabemos varias cosas de ellos; y dos de ellas son que los ruidos les atraen y que se toman su tiempo para ir de un lado a otro. Pospusimos nuestro plan unas horas, y de mientras, haríamos todo el ruido posible para atraer su atención. Si la cosa se llegara a poner fea, siempre podíamos seguir con el plan previsto y ganar tiempo.

La mejor forma de hacer ruido que se nos ocurrió en un primer momento, fue la de poner música a todo volumen. Pero luego caímos en la cuenta de que sin electricidad esos aparatos no funcionan. Así que nada, tendríamos que hacer una cacerolada. De la cocina sacamos todas las cacerolas y pucheros que encontramos. Las sacamos fuera y empezamos a componer lo que sería la música del futuro. Durante media hora estuve aporreando un par de tapas de cazuela bastante grandes mientras Pachuco reinventaba la música de percusión con cazuelas, pucheros, un martillo y una llave inglesa que había en el garaje. He dicho antes que estuvimos media hora, pero en realidad, ni lo se. Supongo que hasta que nos cansamos o hasta que nuestro público empezó a abuchearnos, o a pedirnos un bis, porque con el tiempo, empezó a aumentar. De ambos lados llegaron más y más muertos. Conté a eso de la diez de la mañana unos cincuenta. Hombre, mujeres y niños, uno de ellos llevaba entre sus manos los restos de lo que en su día fue un perro, se unieron a nuestro concierto.

No habíamos previsto tanta afluencia de público y habíamos gastado todo el preciado combustible.